AMALIA
BAUTISTA (Madrid, 1962) es licenciada en Ciencias
de la Información por la Universidad Complutense y trabaja
como redactora en el gabinete de prensa del Consejo Superior
de Investigaciones Científicas. Ha publicado Cárcel de
amor (Renacimiento, Sevilla, 1988), La mujer de Lot
y otros poemas (Llama de amor viva, Málaga,
1995), Cuéntamelo otra vez (La Veleta, Granada, 1999),
La casa de la niebla. Antología (1985-2001)
(Universitat de les Illes Balears, 2002), Hilos de seda
(Renacimiento, Sevilla, 2003) y Estoy ausente (Pre-Textos,
Valencia, 2004). Poemas suyos han aparecido, –entre otras–
en las siguientes antologías: Una generación para Litoral
(Litoral, Málaga, 1988), Poesia espanhola de agora
(Relógio d’agua, Lisboa, 1997), Ellas tienen la palabra
(Hiperión, Madrid, 1997), Raíz de amor (Alfaguara,
Madrid, 1999), La generación del 99 (Nobel, Oviedo,
1999) y El hacha y la rosa (Renacimiento, Sevilla,
2001).
ALBERTO PORLAN (Madrid,
1947) comenzó estudios de ingeniería industrial
que abandonó por los de Letras en la Universidad Complutense.
Tras licenciarse en Filología Hispánica, trabajó
en la redacción de la revista Cuadernos Hispanoamericanos,
de donde pasó a ser redactor jefe en Televisa España
y a ganarse la vida como escritor independiente. En verso
ha publicado Pájaro (Hiperión 1981),
Perro (Renacimiento 1997), Peña (Premio
Esquío 1999). Antólogo de Luis Rosales (Alianza
1984), ha publicado también La sinrazón
de Rosa Chacel (Anjana, 1984) y un ensayo lingüístico
titulado Los nombres de Europa (Alianza, 1998). Es
autor de dos novelas, Quasar azul (Hiperión,
1981) y Luz del Oriente (Mondadori, 1991) y ha escrito
y dirigido el largometraje Las Cajas Españolas,
premiado en el festival de Valladolid de 2004. |
Lujuria
No puede haber pecado en esta entrega,
en este deshilarse impidiendo la nada,
en este acto de fe.
Que a nadie se le ocurra venirnos con un cuento
lleno de represión y negaciones.
Quien no percibe la generosidad
de mi piel y tus manos
no debe hablar.
Amalia Bautista
Lascivia
El sultán cruza el limen del
harem silencioso,
la penumbra inflamada por feroces aromas
donde cien concubinas de su belleza esclavas
esperan palpitantes el capricho del amo.
Todas fingen que duermen junto a las
lamparillas.
Sedas y bocacíes enmarcan sus primores.
Con poses de abandono mil veces ensayadas
brazos, muslos y pechos se disputan el campo.
El cincuentón obeso explora
sus dominios.
A veces se detiene a la vera de un lecho
y un instante más tarde retira la mirada,
suspira quedamente y sigue caminando.
Su borrosa figura llega por fin al
borde
del rico entarimado que el serrallo domina.
Eructa, carraspea, sube las breves gradas
y en su blanda otomana se masturba llorando.
Alberto Porlan
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